domingo, 30 de abril de 2017

Vacíos


"No a todo alcanza Amor, pues que no puedo
romper el gajo con que Muerte toca."

                                      Macedonio Fernández.




Son parecidos.
Si se busca ese invariante, eso que insiste y repite en ellos, casi siempre es lo mismo.
El vacío.
Pero no ese vacío que motoriza al deseo, no ese vacío insaciable que es pasión, anhelo, creación.
Es otro vacío.
Un vacío mortífero.
Un vacío que se recubre de una cáscara esmerada, que permite circular, hacerse ver, hacerse desear.
Me recuerdan al Drácula de Stocker, solitario, apesadumbrado por no encontrar cobijo, lejano al personaje apasionado que supo componer Gary Oldman para Cóppola.
Pero no recuerdo al sórdido Drácula de Stocker por el vampirismo, sino por el vacío, por la muerte interna, por esa nada que sólo busca refugio porque ya no da más, está cansada de andar a cuestas con su muerte, aburrimiento, soledad.

Vacíos.

Simulan amar, a veces aman y una lo percibe y toda esa muerte parece desaparecer por instantes mágicos y colmados de una belleza indescriptible.
Pero no.
La muerte que los habita retorna con furia.
Nunca los había abandonado.
Se cobra todas las cuentas, se lleva los momentos preciosos, ellos eligen irse con ella.
Están avergonzados de haber cedido, esgrimen explicaciones absurdas sobre esos renuncios imperdonables en el amor.
Causan heridas profundas a modo de autorreparación, no se perdonan la caída.
No te perdonan haberles dado lo que pedían.
Como quien bebe de más y se enoja con quien le ha servido.
Arrasan, queman, arrojan sal sobre el corazón que los ha recibido.
Minimizan, se burlan, viste mal, no era así, nunca lo fue.

Hay que dejarlos ir. Hay que poder verlos antes.

Todos son iguales.
Hambrientos de amor, y tan vacíos.
Solos en la vida, y tan dañinos.



viernes, 28 de abril de 2017

Mejor

Lo conoce en una red social.
Le gusta la música que sube, su humor, lo que responde cuando ella escribe.
Se enredan en una seguidilla de respuestas delirantes con alguien más, se divierte, le gusta pero es de los que ella pone al instante en la lista de intocables.
Una tarde él le envía un mensaje donde plantea su problemática, dudas, inquietudes sobre el momento particular que atraviesa.
Quiere garantías, lo embargan temores, algunas certezas.
Ella opina con una mezcla de aséptica sinceridad.
Siguen por mail.
Se enredan.
Él porque es devorado día a día por el tedio. Descubre una ventana por la que intuye mirando sin participar que hay algo más, otra vida posible. Se asoma a través del intercambio con esta mujer que lo fascina.
Ella porque está aburrida, él le recuerda los espadeos interesantes y veloces que experimentó alguna vez con un hombre que la marcó a fuego.
Con este no se puede. Lo tiene claro.
Se enredan más. Él es encantador. La busca, insiste, la va envolviendo como esa música que una escucha desde lejos y necesita averiguar de donde viene y quien la toca. Decide averiguar.
Tienen intercambios apasionados, pelean, ella se arrepiente de toda intención y tiempo perdido.
Todavía no se han visto.
Se ven.
Es invierno. 18 de junio. 14 hs.
Ella lo ve parado al sol envuelto en una campera grande, un pantalón formal pero barato, el ceño fruncido, toda su expresión es adusta.
Sin embargo camina hacia él sabiéndose bella, "felice, etérea"
Toman café. Se van. Tienen sexo. A ella le gusta pero ha tenido mejores encuentros, mejores amantes. Este es tímido e inhibido. Logra soltarse un poco. Ser otro.
Este hombre tiene una particularidad, algo que la deja conmovida e intrigada.
Se siente tocada. Ahí, donde no llegan muchos, donde casi nadie ha llegado. Sólo aquel innombrable que le estremeció todos los cimientos.
Decide mientras él la alcanza hasta su auto, envuelta en una angustia indescifrable y al borde del llanto, que sí; que va a cumplir la promesa que se hizo a sí misma y que le manifestó a él antes de ese encuentro.
La de no volver a verlo.
Esa noche llora por esa nostalgia, la peor de todas, la nostalgia por lo que nunca va a suceder.
Él la seduce con palabras y canciones.
Ella ya decidió. Corta todo contacto.
No vuelve a verlo nunca más.
Puntual a la cita el azar le depara otros encuentros.
El olvido se lleva la mayor parte esa tarde de junio soleada, preciosa.
Cuando la recuerda, en remotas ocasiones,sabe que no se ha equivocado.
La intuición siempre es soberana.
Ella iba a amarlo con locura y él la iba a destrozar.
Mejor que no fue así.
Mejor.

Re-inicio

¿Desde dónde se re-inicia?

A veces desde el despertar.
A veces desde el  hacerse una pregunta.
Otras veces desde el dolor.

Dolores que son puntos de inflexión en la vida.
Un antes y un después que dejan una marca imborrable.
Marca que puede ser una herida eterna que sangra y requiere dedicación y tiempo, o marca que puede ser un mojón, una línea de partida hacia otro lugar.
Marca que parados en ella descorre el velo, despabila fantasías, rompe la lente con la que miramos el mundo.

Marca que indica un final y a la vez un inicio.
Inicio incierto, como todo inicio, sin la menor garantía sobre lo que vendrá, aunque con ciertas coordenadas del lugar desde donde podemos esperar eso que traiga el azar.

Las marcas son útiles aunque creamos no haberlas merecido.
Sirven para enrostrarnos para siempre aquello por lo que nunca deberíamos volver a pasar.
Aquello que jamás deberíamos volver a elegir, los precios que no habemos de pagar bajo ninguna excusa por más válida que la creamos.

Se vuelve a vivir a pesar de las marcas, del dolor, de la pérdida, de la pena.
Se vuelve a mirar el paisaje de otoño con  esperanza en el futuro incierto.
Se vive el hoy, porque es lo único que poseemos realmente,
Se vive, porque no hay pena más grande ni pecado mayor que el tiempo perdido a sabiendas.
Se vuelve a empezar, como se puede, siempre.



Alina

Devolvió todos y cada uno de los regalos y recuerdos materiales. Tiró a la basura lo que no entraba en la caja de encomienda. Escribió pal...