Atardece
en Barrio Norte.
Mía
camina despacio por Rodríguez Peña.
Hace
tiempo mientras espera que sea la hora de la cita con su abogado.
Ya
es septiembre, pero el invierno se
empecina enroscándose entre sus piernas con un viento fuerte y frio.
Se
siente angustiada, agobiada por sus problemas. No deja de pensar que su
divorcio no tiene fin, que su juventud se le escapa, que no encuentra la salida
a tantos inconvenientes que se suceden uno tras otro.
No
sabe qué rumbo tomar, se perdió en el miedo.
Está
harta de escuchar que todo mejora, que todo pasa. Piensa con ironía que debe
ser así para todo, menos para ella.
Su
visión de las cosas está empañada por una subjetividad que le impone a este
momento de su vida un rasgo de totalidad insoportable.
Se
encuentra con su hermano, tal como habían quedado.
Él habla por celular en la
vereda de un negocio.
Ella
lo saluda con un gesto cariñoso, pero en silencio, para no interrumpirlo.
Lo
mira con ternura, el hermanodel medio que esperó con anhelo y al que le cambió
pañales ahora es un hombre altísimo y elegante, y es a la vez el único hombre por
quien ese siente protegida.
Mientras
él prosigue su charla, ella mira por la vidriera de una pescadería.
Guarda
en su memoria los precios de los langostinos y camarones, saca mentalmente cuentas y las agrega de
manera veloz al presupuesto para la comunión de su hijo.
Los
gastos de la comunión, otro tema para una discusión kafkiana con su ex marido.
Inmersa
en esos pensamientos, levanta la vista.
Algo
le llama la atención, alguien le llama la atención.
Parado
dentro del negocio, un hombre atractivo de cabellos blancos la mira.
Se
miran de manera intensa unos instantes.
Se
gustan. Él tiene un semblante sereno, no tiene aspecto de oportunista, la mira
fijamente sin amedrentarse.
Ella
protegida detrás del vidrio, baja la mirada, pero su retirada dura solo unos
instantes.
Él
le gusta, le gusta mucho. Le gusta su ropa, su aspecto, su cara, la mezcla de
determinación y ternura que él ostenta en su mirada.
Presa
de la obsesión que la caracteriza, en 4 minutos capta todos sus detalles.
Cierra los ojos.
Entra
al negocio. Pregunta concentrada los precios que ya vió, pregunta si el
pulpo es chileno o español.
Él
se le acerca, suavemente. Ella puede oler su perfume, puede distinguirlo aún
entre las horribles emanaciones del pescado y se embriaga.
Él
balbucea una disculpa. No suele hacer esto, y en un ademán discreto le ofrece
una tarjeta con sus datos.
Ella
acepta, contesta con ojos tímidos que no suele aceptar tarjetas de extraños.
Se
sonríen mutuamente, él murmura con dulzura que si quiere que lo llame o le
escriba.
No
parece un galán que va por la vida
repartiendo tarjetas. Sus ojos son sinceros, como casi siempre son los ojos.
Casi,
porque ella sabe más que nadie que a veces algunas personas mienten
magistralmente mirando a los ojos.
Algo
se enciende dentro de ella. Mía se despide, se escapa de manera veloz, guarda la tarjeta.
Pasa una semana, después de meditarlo
infinitas veces le escribe un mail. Él contesta ese mismo día, chatean durante
unos otros, hablan una semana todos los días por teléfono, se ven.
Se
descubren viejos conocidos. Él la intuye temerosa, va despacio, ella se deja
llevar.
Sienten
que el azar jugó a favor de ellos, lo sienten pero no lo dicen.
Temen
que se termine el conjuro que los une, pero igual avanzan.
Comparten
la vida de manera pacífica pero intensa.
Ella
comprueba al fin que todo pasa, y que el amor siempre mejora la existencia,
cambia la lente, abriga en una tarde de invierno.
Abre los ojos.
El
extraño detrás del vidrio continúa mirándola fijamente y hace un leve ademán
para salir y encararla cuando su hermano que terminó la charla telefónica la
rodea con un brazo en un gesto que bien puede confundirse con el abrazo de un
novio, o de un marido.
Ella no reacciona y se deja abrazar, mira al hombre que
podría haber sido y se aleja caminando con su hermano por Rodríguez Peña, de
vuelta inmersa en sus problemas, otra vez totales, eternos.
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