lunes, 1 de mayo de 2017

Cuatro minutos

Atardece en Barrio Norte.
Mía camina despacio por Rodríguez Peña.
Hace tiempo mientras espera que sea la hora de la cita con su abogado.
Ya es septiembre, pero el  invierno se empecina enroscándose entre sus piernas con un viento fuerte y frio.
Se siente angustiada, agobiada por sus problemas. No deja de pensar que su divorcio no tiene fin, que su juventud se le escapa, que no encuentra la salida a tantos inconvenientes que se suceden uno tras otro.
No sabe qué rumbo tomar, se perdió en el miedo.
Está harta de escuchar que todo mejora, que todo pasa. Piensa con ironía que debe ser así para todo, menos para ella.
Su visión de las cosas está empañada por una subjetividad que le impone a este momento de su vida un rasgo de totalidad insoportable.

Se encuentra con su hermano, tal como habían quedado. 
Él habla por celular en la vereda de un negocio.
Ella lo saluda con un gesto cariñoso, pero en silencio, para no interrumpirlo.
Lo mira con ternura, el hermanodel medio que esperó con anhelo y al que le cambió pañales ahora es un hombre altísimo y elegante, y es a la vez el único hombre por quien ese siente protegida.
Mientras él prosigue su charla, ella mira por la vidriera de una pescadería.
Guarda en su memoria los precios de los langostinos y camarones, saca mentalmente cuentas y las agrega de manera veloz al presupuesto para la comunión de su hijo.
Los gastos de la comunión, otro tema para una discusión kafkiana con su ex marido.

Inmersa en esos pensamientos, levanta la vista.
Algo le llama la atención, alguien le llama la atención.
Parado dentro del negocio, un hombre atractivo de cabellos blancos la mira.
Se miran de manera intensa unos instantes.
Se gustan. Él tiene un semblante sereno, no tiene aspecto de oportunista, la mira fijamente sin amedrentarse.
Ella protegida detrás del vidrio, baja la mirada, pero su retirada dura solo unos instantes.
Él le gusta, le gusta mucho. Le gusta su ropa, su aspecto, su cara, la mezcla de determinación y ternura que él ostenta en su mirada.
Presa de la obsesión que la caracteriza, en 4 minutos capta todos sus detalles.

Cierra los ojos.
Entra al negocio. Pregunta concentrada los precios que ya vió, pregunta si el pulpo es chileno o español.
Él se le acerca, suavemente. Ella puede oler su perfume, puede distinguirlo aún entre las horribles emanaciones del pescado y se embriaga.
Él balbucea una disculpa. No suele hacer esto, y en un ademán discreto le ofrece una tarjeta con sus datos.
Ella acepta, contesta con ojos tímidos que no suele aceptar tarjetas de extraños.
Se sonríen mutuamente, él murmura con dulzura que si quiere que lo llame o le escriba.
No parece un galán que va  por la vida repartiendo tarjetas. Sus ojos son sinceros, como casi siempre son los ojos.
Casi, porque ella sabe más que nadie que a veces algunas personas mienten magistralmente mirando a los ojos.
Algo se enciende dentro de ella. Mía se despide, se escapa de manera veloz, guarda la tarjeta.
Pasa una semana, después de meditarlo infinitas veces le escribe un mail. Él contesta ese mismo día, chatean durante unos otros, hablan una semana todos los días por teléfono, se ven.
Se descubren viejos conocidos. Él la intuye temerosa, va despacio, ella se deja llevar.
Sienten que el azar jugó a favor de ellos, lo sienten pero no lo dicen.
Temen que se termine el conjuro que los une, pero igual avanzan.
Comparten la vida de manera pacífica pero intensa.
Ella comprueba al fin que todo pasa, y que el amor siempre mejora la existencia, cambia la lente, abriga en una tarde de invierno.

Abre los ojos.
El extraño detrás del vidrio continúa mirándola fijamente y hace un leve ademán para salir y encararla cuando su hermano que terminó la charla telefónica la rodea con un brazo en un gesto que bien puede confundirse con el abrazo de un novio, o de un marido. 
Ella no reacciona y se deja abrazar, mira al hombre que podría haber sido y se aleja caminando con su hermano por Rodríguez Peña, de vuelta inmersa en sus problemas, otra vez totales, eternos.




No hay comentarios.:

Publicar un comentario

Alina

Devolvió todos y cada uno de los regalos y recuerdos materiales. Tiró a la basura lo que no entraba en la caja de encomienda. Escribió pal...