No creo en Dios, ni en la vida después de la muerte, ni en que lo que sucede conviene, ni en que todo vuelve, ni en que el que las hace las paga.
No creo en la justicia poética, ni en la divina.
Apenas siento que a veces la terrenal; esa que se practica en edificios oscuros, salda algunas cuestiones.
No creo en los merecimientos. Uno nunca recibe lo que cree merecer.
No creo en "siéntate y verás pasar el cadáver de tu enemigo" ni en "la venganza es un plato que se come frío". Se va el resto mísero de la vida que queda en eso.
No creo en la buena onda, ni en la buena vibra, ni en santos, amuletos o piedras.
No creo en rezos, plegarias, deseos ni energías que traen lo que uno desea.
No creo en brujas, adivinas, cartas, borras del café o cartas astrales.
No creo en las curas mágicas, todo dolor profundo es levantar los restos de una cristalería hecha añicos, cuando creés que terminaste de barrer se te clava un vidrio minúsculo en el pie.
No creo en que de acuerdo el sufrimiento vivido la vida te depare algo mejor.
No creo en los resarcimientos, no hay manera de recuperar el tiempo perdido.
No creo en la mala suerte, la mala suerte es uno des-responsabilizándose por aquello que no quiso ver, o dejó pasar creyéndolo nimio.
No creo en la palabrería vacía del amor, ni en sus gestos aparentes.
No creo en las almas bellas ni en la bondad pura.
Creo sí, en pocas cosas.
Creo en la palabra, como vehículo para el dolor.
Creo en el amor de los lazos, ese que rescata y reconstruye.
Creo en la insistencia inexorable de los amaneceres, que nos enrostran impúdicos la posibilidad de un nuevo inicio, aunque decidamos comenzar mañana.
Creo en la música, al arte, el mar, los cielos tormentosos.
Creo en la materia que nos constituye, efímera, perecedera.
Creo en esos poquísimos momentos en los que somos conscientes de nuestra finitud.
Creo en el deseo, indestructible.
Creo en la repetición, tenaz como nada, siempre tomándonos por sorpresa.
Creo en la muerte que nos habita insaciable y laboriosa a la hora de devorarnos los días.
Creo en el acto, como única salida de la miseria que nos colma.
Creo en el amor, aunque a nada le tema más.
Creo en hacerse responsable, como posibilidad de elección distinta.
Creo en el azar, es en lo que más creo.
Ese que puede depararnos todo, nunca más nada, o esa brecha de lo posible por donde se puede volver a creer otra vez.
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